En un lugar de la Camorca, de cuyo nombre mejor, mirá, ni me fijo en google porque es pa angustiarse, había un pueblo más bien enanizado (pueblo acá dicho más bien como masa popular que cómo demarcación jurisdiccional… se entiende) decía, enanizado, - pero sin defectos, no interpretemos por el amor de Dios que el enanismo esté acá designando una carencia en su humanidad; si bien debemos aclarar que, según las crónicas que sirven de base a este relato maravilloso, este pueblo no era estrictamente humano, sino algo parecido: jovits, pequeños y de peludos pies. ¿y cómo que no eran humanos? ¿eran extraterrestres?
No, por supuesto, porque tampoco son crónicas terrestres, aunque tampoco marcianas. Se trata de la Tierra Mediana, que es antes de la Tierra, y en una dimensión paralela. Estamos hablando acá de un mundo fantástico, pero parecido al nuestro, muy semejante a lo que pudo ser nuestra Edad Media, en lo que se refiere a lo tecnológico y al modo de producción feudal digamos, pero a esa época de emergencia de la revolución burguesa. De hecho lo que vamos a tratar de averiguar en este texto es si estas crónicas no son, precisamente, un testimonio vivo de lo que fue esa transición del modo de producción feudal al burgués en la Tierra Mediana, que, como no puede ser de otra manera, también ingresó presumiblemente de a poco en la lógica capitalista, como es el destino de toda civilización llegado cierto punto en su desarrollo ténico-social.
Pero nos estamos yendo por las ramas; en fin, esta historia es pura rama, o en realidad rizoma, como los tuberculos y los entramados: no hay centro, no hay entrada, no hay salida, no hay trama principal, sino una red de hechos y personajes desplegados en un territorio. Eso tiene que quedar claro desde ya.
Hay humanos, no estoy seguro de que haya perros y gatos, pero sí águilas, lobos, (más grandes que los nuestros, pero básicamente semejantes), conejos, liebres, alces, alerces, y otras cosas que sólo tienen por esos pagos, como árboles plateados, leyendas de árboles que hablan, rayos mágicos, olfos, urcos, globins, Trolos y Megatrolos, metales harto duros y requetemil brillantes, etc, todas cosas fabulosas que van a ir apareciendo a su tiempo cuando se las requiera.
Pero volvamos a La Camorca, idílico paraje sin señor feudal, donde esta gente pequeña, de tamaño y de sesera, vive en un sistema semi-democrático, o aristocrático blando, probablemente de castas, oscilando entre una clase media alta y un proletariado de servicio, como tenemos por ejemplo al señorito Fredo Bolasón, mimado sobrino de Bimbo Bolasón, que se pasa los días fumando hierba en pipa y pidiéndole al pobre hermano de su madre que le cuente sus aventuras pasadas, en las que se presume que don Bimbo obtuvo el capital inicial para la serie de inversiones que lo convirtieron en un acomodado rentista; y tenemos por otro lado a su amigo-siervo-empleado-lacayo-sirviente Samón Sanfalaz, pobre y estúpido jardinero que mantiene bastante bien cuidados los jardines Bolasonianos, que ama a su amo y encarna los valores más puros que sólo pueden mantenerse ligados a grados extremos de ingenuidad que linden con la idiotez.
Por lo poco que transmiten las crónicas, lo más probable es que Bimbo sostenga su modo de vida con la producción de hierba, y podríamos suponer que toda la Camorca tiene como recurso principal la producción de esta hierba. Por lo tanto tratamos con un proto-estado dedicado a la producción de una sola materia prima, que tiene tanto un mercado interno como externo.
Bimbo, por la descripción de su casa, - codiciada por otra rama familiar que pretende tener derechos de sucesión sobre la propiedad, los Secavilla-Bolasón - viene a ser un latifundista de relativa importancia en el campo económico de la Camorca.
La hierba de la Camorca es archifamosa y preciada, pero pocos conocen la existencia de la Camorca. Alguna clase de sortilegio parece protegerla de las malas visitas. Sus pequeños habitantes, los jovits, son muy de sus pagos, apegados a su terruño, sus costumbres, su status quo y tienen muy poco interés por el “afuera”. Es más, desprecian sistemáticamente a aquellos jovits que han incursionado en el desconocido exterior; les parece imprudente, impropio, sospechoso… y eso es lo que se piensa en general del señor Bimbo Bolasón, aunque nadie se lo diga en la cara, y él aún así lo tenga bastante bien sabido.
Pero, como siempre, si vamos más allá de lo evidente y profundizamos en las relaciones de producción de un sistema, todo “misterio” se despeja. Nos referimos al misterio de la impermeabilidad de la Camorca.
Aparentemente este territorio es una pieza de un sistema más amplio, éste sí, feudal en su estructura. Un vasto territorio que comprende todo el oeste de las Montañas Increíblemente Neblinosas (MIN), aparentemente tierra de nadie, con llanuras sin cultivar, restos de bosques dispersos, ruinas de castillos y poblados otrora gloriosos… - que son rémoras de antiguas vastas extensiones boscosas, aniquiladas por la producción de embarcaciones y la construcción en general durante la época de apogeo de Nómenor, antiguo reino isleño aniquilado que llegó a dominar toda la mitad norte de la Tierra Mediana, cuya historia se trata en otras crónicas, pero que terminó dando lugar a dos reinos continentales hermanos Gandor y Arcor –este vasto territorio del Noroeste, aparentemente sin ley ni estructura, es, en los hechos, un decadente Reino de Arcor, comandado por el heredero – Árganlon, hijo de Tárandorn - del linaje del último rey de Nómenor (un linaje en decadencia, decadencia sanguínea, expresada en el descenso de la esperanza de vida de toda la raza nomenoreana, que de un promedio de 300 años descendió a unos 150, al mezclarse por generaciones con la humanidad más mediocre de la plataforma continental).
Lo que debemos saber del decadente reino de Arcor, es que mantiene a su precaria corte precisamente mediante el control del comercio exterior de la hierba que produce la Camorca, por ello es que sus exploradores patrullan las onduladas y boscosas fronteras del idílico territorio de la “gente pequeña”.
No es seguro que la capacidad militar del decadente reino fuera capaz de impedir que el control de la Camorca cambiara de manos, por eso es que la estrategia general, durante varios siglos, ha consistido en mantener a esta pequeña y laboriosa civilización en un estado de ignorante y fecunda preservación respecto al mundo externo… los caminos principales la evitan, los secundarios no la señalan y terminan zozobrando en el interior de oscuros bosques ancestrales muy mal afamados.
La realidad de este sistema implica necesariamente la existencia de intermediarios por parte de la gente pequeña, comerciantes de no muy buena fama que se aventuran con sus cargas más allá de la frontera, hasta la última posta donde pueden verse jovits habitualmente fuera de la Camorca, la ciudad amurallada de Brid, nodo de la interacción comercial que es clave de la preservación del estado de cosas.
Allí estos “comerciantes” venden sus productos por medio de los operadores de la corte de Arcor, y allí es donde esos intercambios, a cambio de la seguridad garantizada por la amurallada ciudad, son llevados a cabo con impuestos suficientes para sostener al alicaído reino en las pocas funciones que desempeña. De Brid parte, hacia todos los rincones de la Tierra Mediana, la deliciosa hierba prestigiosa entre nanos, olfos y magos el orbe entero.
Evidentemente este equilibrio es delicado y precario, y se sustenta sobre todo en la difusión de la ignorancia sobre el paradero de La Camorca, incluso la mismísima existencia de la gente pequeña es apenas una leyenda de viejas mascadoras de hierba en las tierras lejanas.
A los camorqueños no parece turbarles la conciencia lo más mínimo el desconocimiento acerca de las condiciones exteriores en las que se inserta su pequeño país, y eso seguirá así mientras las cosas sigan por dónde siempre han ido.
Pero Bimbo Bolasón es un jovit de mundo, con su amigo el gran mago Gandaralf – uno de los más grandes aficionados a la hierba y uno de los más grandes protectores del secreto de La Camorca, al que sus egoístas y susceptibles habitantes tienen por peligroso y loco - , han recorrido millas y enfrentado peligros, frecuentado nanos y olfos, luchado contra urcos y globins, e incluso, han llegado al extremo de vérselas con un legendario Dragón que aterrorizaba a los habitantes de una lejana ciudad junto a un lago, al otro lado de las Montañas Increíblemente Neblinosas.
Luego Bimbo tenía mucho trajín bajo sus peludos pies, y pocas cosas disfrutaba más que fantasear con nuevas aventuras junto al viejo Gandaralf, o rememorar las antiguas para su cómodo sobrino Fredo, a la luz de la luna, clavándose una buena pipa de hierba camorqueña. Pero si contrastamos con el resto de sus pequeños habitantes, esta rama realmente tenía una tara congenita en lo que refiere a sus inquietudes y aspiraciones aventureras; no era nada que fuera compatible con el carácter general de sus conciudadanos, y no es una polémica menor el establecer a qué podía deberse semejante perversión del carácter normal de tan impermeable raza.
Y no es porque La Camorca sea la base económica del reino de Arcor que la historia pone su ojo en ella, aunque debería serlo, sino porque una trama de puteríos cortesanos de gran escala termina atravesando la mediocre vida de esta comunidad de desinformados y orgullosos medio-hombres.
Bimbo Bolasón, en su gran viaje, encontró algo en una gruta en las montañas, algo que un oscuro y miserable ser decía poseer, y que atesoraba con asesina pasión, y que le fue arrebatado de muy mala manera, por el destino pérfido, o por la oscura voluntad del poderoso objeto en sí mismo, que ya deseaba cambiar de ámbito y volver a su dueño originario, el que lo forjó miles de años atrás, y que ahora volvía a tomar cuerpo, fuerza, poder y presencia, y ya llamaba con su espíritu a su objeto más preciado, el objeto que le otorgó en otro tiempo el inmenso poder para dominar la Tierra Mediana entera, y que sólo pudo ser detenido, muy provisoriamente, por una alianza extensísima entre todos los pueblos más claros de la Tierra Mediana, humanos, olfos y nanos, alianza ya olvidada y relegada a las leyendas de los tiempos más remotos.
Sí, el Señor Negruzco crecía, se materializaba, tras siglos de existencia gaseosa, porque no llegó a ser aniquilado, precisamente porque supo depositar en este pequeño objeto precioso la esencia de su alma y su poder, un arte aprendido de los Grandes Olfos, que podría parecerles a algunos cierta debilidad, por el hecho de la posibilidad de perderlo, pero que en los hechos históricos, significó la supervivencia de su espíritu más allá de la destrucción de su cuerpo, precisamente porque el objeto, bellísimo por la concentración de poderes que cobija, no llegó a ser destruído cuando la alianza logró vencer en el campo de batalla al Señor Negruzco. No, justamente el rey de los humanos, Ominor, antepasado lejanísmo del ya citado Árganlon, decidió que sería para gloria de los vencedores que el preciado objeto debía conservarse y utilizarse, desoyendo el consejo de todos los sabios de destruirlo para acabar definitivamente con la ignominia desatada por el Señor Negruzco… pero no, así como en nuestros pecados originarios, aquí Ominor fue tentado, con las mejores intenciones quizas, por la adrenalina del poder, y tal vez ningún hombre exista que fuera capaz de resistir la potencia cautivadora del objeto diseñado con artes extremas, con oscura maestría, que condensa todos los malos instintos que subyacen en las profundidades de todas las mentes. El objeto que promete absolutamente todo no puede ser renunciado por los hombres, y pervertió a los que lo tuvieron, tentó a los que lo vieron, y los enfrentó con el fin de perderse y buscar su propio camino de vuelta a su amo, aunque este camino haya significado siglos.
Y no va que lo encuentran en el lecho de un río, un mediano de la antigüedad, uno de estos jovits, que en aquellos tiempos habitaban otras tierras y gozaban de la pesca, y su hermano, en una jugada típica, se lo envidia, y lo asesina para tenerlo, y en el colmo de la locura y la culpa se autoexilia, y comienza una existencia de indeterminada y antinatural longevidad en las grutas de las montañas, ocultándose de la luz, de sus semejantes y de toda razón, sostenido artificialmente por el objeto de poder, que habrá aceptado de buen agrado este ocultamiento prolongado.
Hasta que un día pasa por allí don Bimbo, y el objeto, decide dejarse caer, justo donde es encontrado ahora por Bimbo, que lo aprecia y lo toma, y así descubre inmediatamente una de sus mas superficiales aunque no menos práctica propiedad: la de otorgar invisibilidad al portador que lo active.
Y así es como resulta que en el corazón de La Camorca, centro productivo inconciente del reino de Arcor, nos encontramos con la existencia de un objeto de máximo poder, cuyo portador no tiene la menor idea de su relevancia histórica, ni de que su verdadero amo lo busca con alevosía incansable, refortalecido por el olvido de las razas que lo vencieron, por la decadencia de las especies y de las morales, por el incremento de los cultos oscuros que toman el relevo de los altos ideales que sostuvieron los grandes reinos hoy desvanecidos.
1 comentan:
Gandaralf es marca registrada de Los Topes
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