
Jaron Rowan desarrolla bastante detalladamente la cuestión de las políticas actuales destinadas a promover el aprendizaje en materia de emprendimientos culturales impulsados en el Estado español, en el marco de la actual mercantilización total de la cultura y precarización generalizada del ámbito productivo en el area de la producción cultural y de conocimiento. El retiro del Estado de su función de promoción cultural y la política activa de generación de una matriz de germinación del producto cultural como mercancía. Desde una óptica tal vez demasiado implicada se detiene excesivamente en los pormenores por los que atraviesan algunos emprendedores entrevistados expresamente para el trabajo, referidas a sus problemáticas para conciliar el trabajo creativo con toda la masa de conocimientos empresariales que requiere la adecuada transformación de creador a empresario de la cultura, y nos deja con más ganas de profundizar sobre como los valores que instaura la "filosofía" del emprendedor son tomados positivamente por los protagonistas en el sentido de un incremento de la libertad en el ámbito laboral, para terminar produciendo un modelo de trabajo basado fundamentalmente en la autoexplotación justificada en el placer de hacer lo que a uno le gusta, paguen bien o mal, cargando con todo el riesgo, la responsabilidad y la falta de protección al cuerpo de los creadores, pero solucionando así toda la problemática laboral derivada de los modelos asalariados, así como desgüazando otro de los frentes de producción de valor que aún estaban alojados bajo el amparo del Estado.
Aún así resulta una referencia bibliográfica muy útil para pensar el campo de la producción cultural o de la "industria creativa".
Fragmentos tomados de Emprendizajes en cultura - Jaron Rowan, 2009
En las siguientes páginas veremos dónde nace y se gesta la figura del emprendedor y qué función tendrá una vez que llegue al ámbito de la producción cultural.
Comprobaremos cómo esto sucede a mediados de la década de los 90 con la aparición de las denominadas industrias creativas, es decir, un conglomerado integrado por la industria cultural tradicional y una serie de sectores adyacentes que hasta el momento habían vivido fuera de los márgenes de la economía. Artistas, diseñadores, artesanos o actores serán concebidos como elementos de esta economía creativa que, sumados a las discográficas, editoriales, medios de comunicación o empresas de software, configurarán un nuevo sector económico llamado a reemplazar la vieja industria pesada en las ciudades (pese a que como comprobaremos esta sustitución nunca ha sido total). Esta figura del emprendedor o emprendedora no es ni ideológicamente ni políticamente neutra. Argumentaré que bajo este término se amalgaman toda una serie de asunciones y arquetipos y me serviré de estas páginas para interpretar este concepto.
Las políticas de promoción del emprendizaje no son más que un síntoma de un cambio mucho más profundo que afectará no sólo a las maneras de producir la cultura sino a su propia ontología. Con el auge del neoliberalismo hemos visto cómo la cultura y el patrimonio, las ideas o la creatividad se han puesto en valor. La figura del emprendedor nace con el fin de convertir este valor latente de la cultura en valor económico, de entender los huecos nacidos tras el abandono del Estado de las competencias culturales y convertirlos en nichos de mercado. Sin entender estas transformaciones de fondo, sería muy complejo comprender la función o la necesidad de las emprendedoras y los emprendedores culturales.
La tensión producida entre la creatividad y la gestión parece ser el principal obstáculo que se percibe y que dificulta el trabajo en estas microempresas de la cultura. No hay un
acuerdo sobre si es mejor impulsar que la gente de la cultura aprenda técnicas de gestión, o si al contrario es mejor que se generen espacios de contacto entre profesionales de la gestión y administración de empresas y gente de la cultura. Podría parecer que las tensiones surgidas fruto de una mala gestión del tiempo, de la extrema flexibilidad laboral, del trabajo por proyectos o de la irregularidad en las entradas de dinero, se solucionarán una vez que las empresas se consoliden. Algunas de las empresas o trabajadores que hemos podido entrevistar llevan mucho tiempo en el campo y comparten muchos de estos problemas con las más jóvenes. Por esta razón estamos en condiciones de afirmar que estas tensiones son elementos estructurales del trabajo en cultura. No hemos encontrado a nadie que creyera que estas microempresas pueden crecer y terminar operando como economías de escala. El crecimiento de las empresas de este sector tiene un techo muy claro y la discontinuidad será siempre una peculiaridad de este tipo de trabajos. El riesgo inherente a trabajar por proyectos no dejará de ser una realidad a tener en cuenta.
El emprendizaje en cultura se distingue de otras formas de emprendizaje en parte porque la mayoría de los trabajadores culturales no tienen como objetivo final enriquecerse a través de su actividad sino buscar modos de vida sostenibles a través del desarrollo de una actividad que entienden como una forma de realización personal.
¿Es posible y deseable conciliar eso con cierta calidad de vida laboral? ¿Debería equilibrarse con ciertas seguridades y garantías laborales? Yo considero que sí, pero soy consciente de que la industria creativo-cultural ha dejado que muchas conquistas laborales se suprimieran y va a ser muy complicado recuperar ese terreno ya perdido.
Ser conscientes de las dinámicas de cooperación entre agentes del sector y de que gran parte del trabajo en cultura es una forma de trabajo colectivo nos hace pensar en una idea de emprendedor muy alejada de la que postulaba Schumpeter en sus escritos. Pese a esto, no hay que olvidar que muchas veces estas microempresas sobreviven gracias a grandes dosis de “autoexplotación”, encierran formas de discriminación laboral, incerteza económica y sacrificio personal. Será este carácter contradictorio el que mejor defina la realidad de esta esfera laboral.
Joseph A. Schumpeter, que adjudica al concepto la responsabilidad de promover el desarrollo, producir innovaciones y ser el centro de la actividad económica. Según éste, “la función de un emprendedor consiste en reformar o revolucionar el sistema de producción, explotando un invento o, de una manera más general, una posibilidad técnica no experimentada para producir una mercancía nueva o una mercancía antigua por medio de un método nuevo, para abrir una nueva fuente de provisión de materias primas o una nueva salida para los productos, para reorganizar una industria, etc.” (1983:181). Es decir, el concepto de “emprendedor” tiene una función puramente económica. Schumpeter ya deja claro que no todo el mundo puede ser un emprendedor, puesto que “para actuar con confianza se requieren aptitudes que solamente se dan en una pequeña fracción de la población y caracterizan tanto el tipo como la función del emprendedor. Esta función no consiste, esencialmente, en inventar algo ni en crear de otro modo las condiciones que la empresa explota. Consiste en lograr realizaciones” (1983:181). La figura del emprendedor schumpeteriano será uno de los elementos centrales de su teoría económica, según la cual la economía que sigue un movimiento cíclico tiende a estancarse. La única forma de impedir que esto suceda es ir introduciendo innovaciones de forma constante y la persona encargada de hacerlo no es otro que el emprendedor. Ahora la figura del emprendedor se ha generalizado dentro del
imaginario social y cuando utilizamos el término normalmente nos referimos al concepto que tanto valorara Schumpeter. Es importante destacar que el emprendedor –entendido como figura económica– ha fagocitado todas las cualidades propias del emprendedor –entendido como adjetivo con significado general–; es decir, se espera del emprendedor que sea lanzado, valiente, que asuma riesgos, sea independiente y, en definitiva, capaz de acometer con éxito las hazañas –económicas– que decida acometer. El sujeto económico no sólo incorpora estas cualidades sino que además deberá sumar algunas nuevas, que se le atribuirán desde diferentes orígenes o fuentes.
Aún así resulta una referencia bibliográfica muy útil para pensar el campo de la producción cultural o de la "industria creativa".
Fragmentos tomados de Emprendizajes en cultura - Jaron Rowan, 2009
En las siguientes páginas veremos dónde nace y se gesta la figura del emprendedor y qué función tendrá una vez que llegue al ámbito de la producción cultural.
Comprobaremos cómo esto sucede a mediados de la década de los 90 con la aparición de las denominadas industrias creativas, es decir, un conglomerado integrado por la industria cultural tradicional y una serie de sectores adyacentes que hasta el momento habían vivido fuera de los márgenes de la economía. Artistas, diseñadores, artesanos o actores serán concebidos como elementos de esta economía creativa que, sumados a las discográficas, editoriales, medios de comunicación o empresas de software, configurarán un nuevo sector económico llamado a reemplazar la vieja industria pesada en las ciudades (pese a que como comprobaremos esta sustitución nunca ha sido total). Esta figura del emprendedor o emprendedora no es ni ideológicamente ni políticamente neutra. Argumentaré que bajo este término se amalgaman toda una serie de asunciones y arquetipos y me serviré de estas páginas para interpretar este concepto.
Las políticas de promoción del emprendizaje no son más que un síntoma de un cambio mucho más profundo que afectará no sólo a las maneras de producir la cultura sino a su propia ontología. Con el auge del neoliberalismo hemos visto cómo la cultura y el patrimonio, las ideas o la creatividad se han puesto en valor. La figura del emprendedor nace con el fin de convertir este valor latente de la cultura en valor económico, de entender los huecos nacidos tras el abandono del Estado de las competencias culturales y convertirlos en nichos de mercado. Sin entender estas transformaciones de fondo, sería muy complejo comprender la función o la necesidad de las emprendedoras y los emprendedores culturales.
La tensión producida entre la creatividad y la gestión parece ser el principal obstáculo que se percibe y que dificulta el trabajo en estas microempresas de la cultura. No hay un
acuerdo sobre si es mejor impulsar que la gente de la cultura aprenda técnicas de gestión, o si al contrario es mejor que se generen espacios de contacto entre profesionales de la gestión y administración de empresas y gente de la cultura. Podría parecer que las tensiones surgidas fruto de una mala gestión del tiempo, de la extrema flexibilidad laboral, del trabajo por proyectos o de la irregularidad en las entradas de dinero, se solucionarán una vez que las empresas se consoliden. Algunas de las empresas o trabajadores que hemos podido entrevistar llevan mucho tiempo en el campo y comparten muchos de estos problemas con las más jóvenes. Por esta razón estamos en condiciones de afirmar que estas tensiones son elementos estructurales del trabajo en cultura. No hemos encontrado a nadie que creyera que estas microempresas pueden crecer y terminar operando como economías de escala. El crecimiento de las empresas de este sector tiene un techo muy claro y la discontinuidad será siempre una peculiaridad de este tipo de trabajos. El riesgo inherente a trabajar por proyectos no dejará de ser una realidad a tener en cuenta.
El emprendizaje en cultura se distingue de otras formas de emprendizaje en parte porque la mayoría de los trabajadores culturales no tienen como objetivo final enriquecerse a través de su actividad sino buscar modos de vida sostenibles a través del desarrollo de una actividad que entienden como una forma de realización personal.
¿Es posible y deseable conciliar eso con cierta calidad de vida laboral? ¿Debería equilibrarse con ciertas seguridades y garantías laborales? Yo considero que sí, pero soy consciente de que la industria creativo-cultural ha dejado que muchas conquistas laborales se suprimieran y va a ser muy complicado recuperar ese terreno ya perdido.
Ser conscientes de las dinámicas de cooperación entre agentes del sector y de que gran parte del trabajo en cultura es una forma de trabajo colectivo nos hace pensar en una idea de emprendedor muy alejada de la que postulaba Schumpeter en sus escritos. Pese a esto, no hay que olvidar que muchas veces estas microempresas sobreviven gracias a grandes dosis de “autoexplotación”, encierran formas de discriminación laboral, incerteza económica y sacrificio personal. Será este carácter contradictorio el que mejor defina la realidad de esta esfera laboral.
Joseph A. Schumpeter, que adjudica al concepto la responsabilidad de promover el desarrollo, producir innovaciones y ser el centro de la actividad económica. Según éste, “la función de un emprendedor consiste en reformar o revolucionar el sistema de producción, explotando un invento o, de una manera más general, una posibilidad técnica no experimentada para producir una mercancía nueva o una mercancía antigua por medio de un método nuevo, para abrir una nueva fuente de provisión de materias primas o una nueva salida para los productos, para reorganizar una industria, etc.” (1983:181). Es decir, el concepto de “emprendedor” tiene una función puramente económica. Schumpeter ya deja claro que no todo el mundo puede ser un emprendedor, puesto que “para actuar con confianza se requieren aptitudes que solamente se dan en una pequeña fracción de la población y caracterizan tanto el tipo como la función del emprendedor. Esta función no consiste, esencialmente, en inventar algo ni en crear de otro modo las condiciones que la empresa explota. Consiste en lograr realizaciones” (1983:181). La figura del emprendedor schumpeteriano será uno de los elementos centrales de su teoría económica, según la cual la economía que sigue un movimiento cíclico tiende a estancarse. La única forma de impedir que esto suceda es ir introduciendo innovaciones de forma constante y la persona encargada de hacerlo no es otro que el emprendedor. Ahora la figura del emprendedor se ha generalizado dentro del
imaginario social y cuando utilizamos el término normalmente nos referimos al concepto que tanto valorara Schumpeter. Es importante destacar que el emprendedor –entendido como figura económica– ha fagocitado todas las cualidades propias del emprendedor –entendido como adjetivo con significado general–; es decir, se espera del emprendedor que sea lanzado, valiente, que asuma riesgos, sea independiente y, en definitiva, capaz de acometer con éxito las hazañas –económicas– que decida acometer. El sujeto económico no sólo incorpora estas cualidades sino que además deberá sumar algunas nuevas, que se le atribuirán desde diferentes orígenes o fuentes.
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