ocho con treinta

La pobreza como paisaje
Llené la solicitud del permiso de paternidad
Conté las monedas hasta el fin
Caminé por la avenida, ancha, entre las gotas pequeñas de agua que flotaban en el frío, las luces amarillas en la oscuridad pintaban las casas y edificios, de naranja, claro.
Volvía, no sabía bien de qué, pero volvía, de mi hombro colgaba la tira, la tira sostén de la funda de mi guitarra, cierto, había ensayado, y pensaba en la gente que me precedía, la gente que me cruzaba, sospechosos de pertenecer a la oscura conspiración del mundo, redondo y retumbante.
Sabía que representaría un papel lamentable, en cualquier situación que se presentara. Fuera que me encontrase a un conocido, o me capturara una necesidad cualquiera, como las ganas de mear, entraría con bochornosa actitud, errando sobre la esencia de mi existencia, sobre la fatuidad de mis conexiones, sobre la mortalidad de mis relativos, sobre la precariedad del suelo que piso, quebradizo y resbaloso.
Temo ya, el agotamiento consciente, frenarme de contar todo esto, por ridículas preguntas sobre por qué, porqué decir esto o aquello o lo otro, a vos que no estás y ni sé quien sos, sujeto receptor de todo esto.
No es mucho más lo que puede lograrse en una sola tanda de autenticidad cuando se está demasiado conectado a la red.
Lo que estoy consiguiendo saber es que mi vida es una película que no tiene mucho que ver con otras. No es tan de acción. No hubo explosiones ni persecuciones de carros, chamo. Nada deso, fui al super a elegir vino, y tuve que ir bajando mi mirada por las góndolas, de 30 a 20, de 20 a 10 pesos, hasta la última, del 8 con treinta. Sabiendo que cualquier Mendoza es bueno, no tenemos por qué entrar en pánico. Vamos a tomarlo, tinto y listo, si no es Santa Julia será Santa Ana, o la santa que quieras, con tal que acompañe bien lo salado.
Es por no estar dispuesto a entregar mi tiempo que cuento monedas, la precariedad de una libertad. Mi única libertad, albergar mi tiempo para hacer y pensar.
Con culpa, como no, culpa de sustraerse ante la miseria de la entrega obligada. Sustraerse con terror y pánico de la idea del tedio, me viene a la mente uno como yo pero que pida explicaciones, o que me dice pero qué significa esto, querido.
Lo que quiero decirte es que ya no se qué es normal, y lo que era normal me horroriza.

Inyectar dinero para el consumo, y que gire la ruedita. Ahí está la solución a todo.
Esto se me ocurrió en la caja y creí que era la gran solución, que, bien vendida, haría que nos subieran los sueldos a todos y se dejaran de joder con la estrategia de la penuria.
Paguennos más, que nos gastamos todo en boludeces y les vuelve a ustedes la guita, ¡queridos dueños!
Después pensé en unos que murieron, jóvenes y bellos.
Son modelos por lo que querían, no por lo que consiguieron. Así que no hay que querer lo que consiguieron, sino lo que querían.
¿quienes vieja, de quienes están hablando?